EL CUENTO DEL FALSO PRINCIPE (2)
Catalán

¡Haz clic y verás la ilustración a tamaño original! Al salir el sol, levantaron la caravana y acto seguido se dirigieron hacia Birket el-Had o la fuente de los peregrinos, desde este punto sólo quedan tres horas de camino hasta El Cairo, donde ya se esperaba a la caravana y los mercaderes tendrían la alegría de ser recibidos por sus amigos de El Cairo, contentos de volverles a ver. Entraron en la ciudad por la puerta de Bebel Falch, porque dicen que trae buena suerte pasar por esta puerta al volver de la Meca, ya que es por la misma por donde entró el Profeta.

Al llegar al mercado, los cuatro mercaderes turcos se despidieron del forastero y del mercader griego Zaleukos y se fueron a casa con sus amigos. Mientras Zaleukos indicaba al forastero en donde había un buen campamento y le invitaba a comer. El forastero aceptó la invitación y le prometió que volvería en cuanto se hubiese cambiado de ropa.

El griego hizo todos los preparativos necesarios para obsequiar al forastero, a quien durante el viaje había llegado a apreciar, y cuando tuvo la comida y las bebidas preparadas de forma correcta, se sentó a esperar a su invitado.

Oyó unos pasos lentos y pesados que se acercaban por el pasillo que conducía a sus habitaciones. Se levantó para recibirle como a un amigo y darle la bienvenida en la puerta, pero al abrirla se echó atrás preso de pánico porque quien se le acercaba era, sin ninguna duda, la terrorífica capa roja. Se la volvió a mirar, pero no era ningún espejismo: la misma altura, la máscara, desde donde miraban aquellos ojos oscuros y brillantes, la capa roja con los bordados dorados, todo aquello lo tenía muy presente desde aquellos días, los más terribles de su vida.

Un cúmulo de sentimientos contradictorios sacudió el corazón de Zaleukos. Ya hacía tiempo que había hecho las paces con aquel personaje y le había perdonado, pero al verle se le abrieron de nuevo todas las heridas. Aquellos momentos de angustia por la horrible muerte, aquel dolor, que le había envenenado la sangre, todo lo revivió otra vez.

—¿Qué andas buscando aquí, monstruo? —dijo el griego gritando, mientras la aparición seguía delante de su puerta—. ¡Vete de aquí, yo no te he maldecido!

—¡Zaleukos! —dijo una voz conocida que salía de detrás de la máscara—. ¡Zaleukos! ¿Es así como recibes a tus invitados?

Se quitó la máscara, se despojó de la capa: era Selim Baruch, el forastero.

Pero Zaleukos, no se tranquilizó. Le asustaba la presencia del forastero, que le recordaba muy claramente la del desconocido del Ponte vecchio. Sin embargo prevaleció el hábito de la hospitalidad, e hizo una seña al forastero para que pasase y se sentase en el convite.

—Entiendo tus sentimientos —una vez sentados, el forastero tomó la palabra—. Tus ojos me miran inquisidores. Debería haber callado y no dejar que me vieses nunca más, pero soy el culpable de tus penas y por este motivo me he atrevido a presentarme de esta forma, exponiéndome a que me llamases de todo. Una vez me dijiste “la fe de mi padre me ordenó que le amase, porque debe ser tan infeliz como yo”. ¡Puedes estar seguro de ello, amigo mío y, escucha esto que te quiero explicar!

“Tendré que empezar desde el principio, con objeto de que pueda hacerme entender. Soy hijo de Alejandría, de padres cristianos. Mi padre, hijo menor de una antigua y conocida familia francesa, era cónsul de su país en Alejandría. Yo viví en Francia, en casa de un hermano de mi madre, desde que tenía diez años. Dejé el país de mi padre unos años después de la revolución y, junto con mi tío, que ya no se sentía seguro en la tierra de sus antepasados, volvimos a casa de mis padres en busca de refugio. Llegamos a tierra esperanzados por volver a encontrar, en la casa paterna, la tranquilidad y la paz que el revolucionado pueblo francés nos había arrebatado. ¡Pero, ay! La casa de mi padre no estaba como debía. Las revoluciones exteriores de aquella época aún no habían llegado, por eso fue más inesperada la desgracia que había de afectar de lleno a mi casa. Mi hermano, un hombre joven en la plenitud de la vida, primer secretario de mi padre, hacia poco que se había casado con una chica, hija de un aristócrata florentino que vivía en el mismo barrio. La chica desapareció, dos días antes de que llegásemos, sin que ni mi familia ni su padre hubiesen podido encontrar ningún rastro de donde podía estar. Finalmente, llegaron a la conclusión de que cuando paseaba se alejó demasiado y una banda de ladrones la había secuestrado. Si he de ser sincero, para mi hermano, hubiera sido más reconfortante esta idea que la verdad, que no tardamos mucho en saber.

La infiel se embarcó con un joven napolitano que conoció en casa de su padre. Mi hermano, que estaba extremadamente indignado con aquella conducta, hizo todo lo posible para hacerle pagar lo que había hecho. No lo consiguió. Todo lo que hizo escandalizó a las ciudades de Nápoles y Florencia y únicamente sirvió para acabar de rematar la desgracia; la de él y la de todos nosotros. El aristócrata florentino volvió a su país, eso sí, para tomar la decisión de hacer justicia por su cuenta, para causarnos la ruina. En Florencia, abortó todas las investigaciones que mi hermano consiguía atar y supo utilizar muy bien sus influencias, ya que logró que el gobierno sospechase de mi padre y de mi hermano, y que fuesen detenidos, por medio de vergonzosas trampas, y enviados a Francia, donde murieron bajo el hacha del verdugo. Mi madre se volvió loca y después de diez  largos meses, la muerte la liberó de aquel penoso estado, que en los últimos días se había convertido en clara lucidez.

Sólo existía un pensamiento que atormentaba mi alma, sólo una cosa me hacía olvidar las penas, y era aquel fuego que mi madre había prendido dentro de mí antes de morir. 

En los últimos momentos, como ya te dije, mi madre recuperó su cordura. Me hizo llamar y me habló con sosiego de su destino y de su final. Después mandó salir a todos de la habitación, se enderezó con movimientos solemnes todo lo que le permitía su estado y me dijo que me podría dar la bendición, si le prometía cumplir lo que me pediría. Emocionado por estas palabras de mi madre en su lecho de muerte, la reconforté con el juramento de que haría lo que me pidiera. Entonces estalló en maldiciones contra el florentino y su hija, con las amenazas más horribles, para que me vengase por todas las desgracias que había sufrido nuestra familia. Murió en mis brazos. Aquel sentimiento de venganza, que ya hacía mucho tiempo que yo acarreaba adormecido en el alma, se me despertó entonces con toda su fuerza. Reuní todo el patrimonio de mis padres y juré que todo lo dedicaría a tomar venganza.

No tardé mucho en llegar a Florencia, donde procuré pasar de incógnito tanto como me fue posible. Sin embargo, teniendo en cuenta la posición de mis enemigos, mi plan era bastante complicado. Al viejo florentino, le habían nombrado gobernador y, por lo tanto, tenía todos los medios a su alcance para poder destruirme si sospechaba lo más mínimo. Me ayudó un hecho casual. Un día hacia al atardecer, vi por la calle a un hombre vestido con una librea que me era conocida. En su caminar inseguro, su mirada huraña y el hecho de que fuese soltando a media voz “Santo sacramento” y “Maledetto diavolo”, reconocí al anciano Pietro, un criado de los florentinos, a quién conocía de Alejandría. Me di perfecta cuenta de que refunfuñaba contra su amo y decidí aprovecharme de su estado de ánimo. Me dio la impresión de que se había sorprendido mucho al verme y se lamentó de la forma como le trataba su amo, ya que nada de lo que hacía le parecía bien, desde que era gobernador. Con aquel malhumor que llevaba encima y la ayuda de mi oro me lo puse de parte mía.

La tarea más delicada la tenía ya resuelta. Tenía un hombre a sueldo, que me abriría la casa de mi enemigo a cualquier hora, y ya podía poner en marcha el resto del plan. Para mí, la vida del anciano florentino tenía muy poco valor comparado con el mal que causó a mi familia. Aquel hombre debía sufrir por la muerte de quién más quisiese: su hija Bianca. La misma que ofendió a mi hermano de aquella forma tan indecente y, por tanto, la causa principal de nuestra desgracia.

Muy oportunamente, para la sed de venganza que yo sentía, me llegó la noticia de que uno de aquellos días Bianca se casaba por segunda vez; estaba decidido, aquella chica   debía morir. Pero me asustaba la idea de cometer el crimen yo mismo y, tampoco tenía suficiente confianza en la capacidad de Pietro. Por eso buscamos un  hombre capaz de consumar la operación. No me arriesgué a buscarlo entre los florentinos, ya que seguramente no habríamos encontrado ninguno que quisiese intentar nada de este tipo contra el gobernador. Entonces, a Pietro se le ocurrió un plan, que puse en marcha inmediatamente, y enseguida te escogí a ti como la persona más apropiada por el hecho de ser a la vez extranjero y médico. Lo que ocurrió luego ya lo sabes. Sólo que, a causa de tu enorme prudencia y tu gran honradez, mis trasiegos estuvieron a punto de fracasar. De ahí viene el asunto de la capa.

Pietro fue quien nos abrió la puerta del palacio del gobernador. Asimismo, nos habría guiado también a la salida, si no hubiésemos huido de tan asustados como estábamos por aquella horrible escena que presenciamos a través de la puerta entornada. Llevado por el miedo y el arrepentimiento, salí corriendo por lo menos durante doscientos metros hasta que me dejé caer en los escalones de una iglesia. Allí recapitulé y mi primer pensamiento fue para ti y lo que te podría ocurrir si te encontraban dentro de la casa.

Volví a deslizarme dentro del palacio, pero no había ni rastro de Pietro, aunque la puerta estaba abierta y, por eso, tuve la esperanza de que habías podido aprovechar la oportunidad para escapar.

Sin embargo, cuando se hizo de día, el miedo a que me descubriesen y un verdadero arrepentimiento no permitieron que me quedara ni un instante más dentro de las murallas de Florencia. Salí inmediatamente hacia Roma. Pero me quedé abatido cuando, al cabo de unos días, me explicaron esta historia con el añadido de que ya habían cogido al asesino y que era un médico griego. Volví a Florencia preso de una inquietud aterradora, convencido de que mi venganza había sido demasiado dura, y ahora la maldigo porque, comprometiéndote a ti, la he pagado muy cara.

Llegué el mismo día en que te cortaron la mano. No te diré nada de lo que sentí al verte encima del patíbulo enfrontándote a aquel tormento con tanta entereza. Pero cuando vi brotar la sangre, decidí ayudarte el resto de tu vida. Lo que ocurrió a partir de aquel momento, ya lo sabes. Sólo me queda decirte porqué he hecho este viaje contigo.

Como la idea de que no me ibas a perdonar nunca era una carga muy pesada para mí, se me ocurrió pasar unos días contigo y luego rendirte cuentas por lo que hice”.

El griego le escuchó en silencio hasta que acabó. Entonces, con una mirada afable, requirió el turno para hablar:

—De verdad que deseé con todas mis fuerzas que fueras tan desgraciado como lo era yo y que aquel atroz  suceso fuese una negra nube que oscureciera tus días eternamente. Lo deseé de todo corazón. Pero permíteme que te haga una pregunta. ¿Porqué apareciste por el desierto de aquella forma? ¿ Qué hiciste después de comprarme la casa de Constantinopla?

—Volví a Alejandría —respondió el interpelado—. Tenía el corazón confundido por el odio que sentía contra todos; un odio que quemaba especialmente contra aquellos pueblos que se consideraban tan civilizados. ¡Créeme, me sentía mucho mejor en mi condición de musulmán! Apenas hacía un mes que estaba en Alejandría, cuando hubo aquel desembarco de gente de mi país. En todos sólo podía ver la cara del verdugo de mi padre y de mi hermano; por eso organicé un grupo con gente joven que pensaba como yo y nos unimos a aquellos intrépidos mamelucos, que tantas veces fueron la pesadilla de las tropas francesas. Una vez terminada la campaña, no acabé de decidirme por el ejercicio de la paz. Con mi pequeño grupo de correligionarios, hice una vida fugitiva y nómada, dedicada a la lucha y a la caza. Vivo orgulloso con esta gente, que me respeta como su príncipe y, aunque mis asiáticos no son tan civilizados como vuestros europeos, también están muy lejos de la envidia, la calumnia, el egoísmo y la ambición. 

Zaleukos dio las gracias al forastero por aquella confidencia, pero también quiso decirle que hallaba más adecuado para su posición y educación que viviese en países cristianos y europeos. Le cogió la mano y le pidió que continuase con él, en su casa, hasta morir. El invitado le miró conmovido:

—¡Ahora ya sé que me has perdonado del todo! —dijo—. ¡Que me quieres! ¡Te doy las más efusivas gracias!

Se puso en pié, con su enorme estatura, delante del griego, quien casi se asustó de aquella actitud marcial, aquellos ojos brillantes y oscuros, y de aquella voz profunda y enigmática de su invitado.

—Tu propuesta es preciosa —continuó el invitado—, sería muy atractiva para cualquier otra persona. Yo no la puedo aceptar. Ya tengo el caballo ensillado, mis servidores ya me esperan. ¡Larga vida, Zaleukos!

Los amigos, que el destino había reunido de aquella forma tan sorprendente, se dieron una abrazo de despedida.

—¿Y cómo debo llamarte? ¿Cómo se llama mi invitado, a quien recordaré eternamente? —preguntó el griego.

El forastero se lo quedó mirando, volvió a cogerle la mano y le dijo:

- Me llaman Señor del Desierto; soy el ladrón Orbasan.

 

Fin