LA HISTORIA DE PEQUEÑO MUCK
Catalán

¡Haz clic y verás la ilustración completa!En Nicea[i], la ciudad de mi padre, vivía un hombre a quien llamaban Pequeño Muck. Me acuerdo muy bien, aunque entonces yo era un niño muy pequeño, además, fue la causa de que mi padre me diera una buena zurra. Pequeño Muck era un hombre ya anciano cuando yo le conocí; sin embargo, sólo medía unos tres o cuatro palmos de alto y, de ahí, que tuviese un aspecto curioso, porque su cuerpo, tan pequeño y delicado como era, debía acarrear una cabeza más grande y pesada que la otra gente. Vivía solo en una casa grande e, incluso, cocinaba él mismo. Además, si no hubiese sido porque al mediodía se veía salir un denso vapor de su casa, en la ciudad nadie habría sabido si estaba vivo o muerto porque solamente salía de casa una vez cada cuatro semanas. Con todo, por la noche acostumbraba a andar de acá para allá por el tejado, aunque desde la calle parecía que era sólo su enorme cabeza, la que andaba por allá arriba.

Mis amigos y yo éramos unos mozalbetes traviesos, a quienes gustaba hacer broma e imitar a todo el mundo; por eso, el día en que Pequeño Muck salía, era para nosotros una fiesta. Por eso, el día que tocaba, nos reuníamos delante de su casa y esperábamos hasta que aparecía. Cuando se abría la puerta y veíamos, primero su gran cabeza envuelta con aquel turbante más grande aún; cuando después le seguía el resto de aquel cuerpecillo, ataviado con una chilaba gastada, pantalones bombachos y una ancha faja de la que colgaba una larga daga, tan larga que no se sabía si era Muck quien colgaba de la daga o la daga la que colgaba de Muck. Así pues, cuando salía con aquel aspecto, incluso el aire resonaba con nuestro grito de bienvenida: echábamos las gorras al aire y saltábamos como locos a su alrededor.

Pese a ello, Pequeño Muck nos saludaba con formales movimientos de cabeza y pasaba por la calle a paso lento y, al hacerlo, arrastraba los pies, ya que calzaba unas babuchas grandes y anchas como jamás las había visto. Nosotros, chavales, corríamos siempre detrás de él gritando:

Pequeño Muck, Pequeño Muck,
Sales poco de tu casa grande,
Sólo se te ve el turbante,
Eres tan valiente como un león,
Tu cabeza es grande como un peñón
Esto sí que es divertido,
Vamos a atrapar a Pequeño Muck.

Nos divertíamos con frecuencia de esta forma y, me da vergüenza decirlo, yo era el más  travieso de todos, porque muchas veces tiraba de su chilaba y, en una ocasión, también le pisé por detrás sus grandes babuchas y le hice caer. Con aquella caída me harté de reír, pero la risa se me cortó de golpe, cuando vi que Pequeño Muck se dirigía a mi casa. Entró decidido y estuvo allí un buen rato. Me escondí en el portal de casa y vi como Muck salía acompañado de mi padre, que le despidió y le hizo los honores dándole la mano y haciendo reverencias. Me quedé muy acobardado y no me moví del escondite durante mucho rato; finalmente fue el hambre quien me sacó de allí, pues, por lo visto, me daba más miedo que los azotes, y entré en casa de mi padre con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas.

—¿Me han dicho que te has estado burlando de Pequeño Muck? —dijo mi padre muy seriamente— te voy a explicar la historia de este tal Muck y seguro que no volverás a reírte de él; pero antes, y después que te la explique, tendrás que recibir lo habitual. 

Lo habitual significaba que me iba a arrimar los calzones a las nalgas con veinticinco azotes, cosa que hacía con pasión. Aquella vez cogió el cañón de su pipa, aseguró la cazoleta y me zurró con más ganas que nunca.

Cuando terminó de darme los veinticinco azotes, me ordenó que prestase atención y me explicó lo de Pequeño Muck.

El padre de Pequeño Muck se llamaba Mukrah y, aunque era pobre, era una persona muy bien considerada en Nicea. Vivió de una forma tan solitaria como más adelante haría su hijo, a quien no soportaba porque se avergonzaba de su estatura y, por ello, le dejó crecer en la ignorancia. Con todo, a los dieciséis años Pequeño Muck era un chico alegre y su padre, hombre serio, le regañaba por ser tan infantil, por tan simple y juguetón como era.

Pero, un día, el anciano se cayó con tan mala fortuna que murió por esa causa y dejó a Pequeño Muck solo e ignorante. Sus antipáticos familiares, que debían al difunto más dinero del que podían contar, echaron de casa al pobre pequeño y le convencieron que se fuera por el mundo a buscar su suerte. Pequeño Muck respondió que ya estaba preparado para hacerlo y sólo les pidió el vestido de su padre, a lo que ellos accedieron. Su padre había sido un hombre grueso y fornido y, por eso, aquella ropa no le quedaba nada bien al pequeño. Pero él sabía cómo arreglarlo: cortó lo que le sobraba de largo y se puso el vestido. No se dio cuenta de que también era necesario arreglarlo de ancho, de ahí viene este aspecto suyo tan anormal; el gran turbante; la ancha faja; los holgados bombachos y la chilaba azul. Con todo esto que heredó de su padre y que, desde entonces, lleva siempre puesto y con la larga espada de Damasco, también del padre, metida en su faja, cogió un cacho de bastón y se dirigió hacia la puerta de la ciudad.

Caminó contento durante todo el día, porque había salido a buscar su suerte; si veía un trozo de cristal luciendo al sol, se lo guardaba convencido de que se convertiría en el diamante más bonito. Veía desde lejos la cúpula de una mezquita llameando como el fuego, y para él era el mar brillante como un espejo y hacia allí se dirigía corriendo y satisfecho, porque creía haber llegado a una tierra de maravillas. Pero ¡ay! todos aquellos espejismos desaparecían al acercase y por poco ni se entera de que estaba cansado y que las tripas le roncaban por no haber comido nada y, de poco que da con sus huesos en la tierra de los muertos de hambre. De esta forma viajó durante dos días con hambre, preocupación y desespero por encontrar su suerte; el único alimento que tomaba eran frutas del bosque y el duro suelo le hacía de cama.

Al amanecer del tercer día, vio una ciudad desde la cima de una colina. Las tejas iluminadas por la claridad de la media luna parecían gallardetes escalonándose por encima de las casas e invitándole a acercarse. Maravillado, se estuvo quieto contemplando la ciudad y sus alrededores. “Sí, aquí, Pequeño Muck va a encontrar su suerte” y, aún con lo cansado que estaba, dio una voltereta: “aquí” o “en ninguna parte”. Echó el resto y se dirigió a la ciudad. Pero, aunque no parecía estar muy lejos, no llegó hasta el mediodía, porque sus cortas piernas no podían seguir a su amo quien, de vez en cuando, tenía que detenerse a descansar a la sombra de una palmera. Finalmente llegó a la puerta de la ciudad; se arregló la chilaba, se anudó el turbante; se ciñó la ancha faja y se colocó mejor la espada; después se sacudió el polvo de las babuchas y entró, valeroso, por el portal de la ciudad.

Ya llevaba andadas unas cuantas calles, pero nadie le había abierto aún ninguna puerta, ni nadie le había gritado como él se lo había imaginado: “¡Pequeño Muck, entra y come y bebe y deja descansar tus piececillos!”

Precisamente estaba mirándose con deleite un gran caserón cuando se abrió una ventana y se asomó una vieja que dijo con voz cantarina.

¡Entrad, entrad!
Amigos míos oled,
Ya os he cocido las gachas, 
No os las comáis con las patas,
A los amigos podeis traer,
Y en la mesa os dejaré comer.

Se abrió la puerta de la casa y Muck vió como entraban un montón de perros y gatos. Estuvo un momento dudando si debía o no aceptar la invitación; finalmente se animó y allí se metió. Delante de él marchaban dos gatitos y decidió seguirlos porque, pensó, debían saber mejor que él por donde caía la cocina.

Cuando ya estaba en lo alto de la escalera, tropezó con aquella vieja mujer que había visto en la ventana. La vieja se lo miró malhumorada y le preguntó qué quería.

—Has invitado a todo el mundo a comer gachas —respondió Pequeño Muck—, y como yo tengo tanta hambre, pues he venido.

La vieja por poco se desternilla de risa, y entonces le dijo:

—¿Y pues, de donde viene este chiquito tan audaz? Toda la ciudad sabe que sólo cocino para mis gatos y que, algunas veces, invito a sus compañeros del vecindario, como has podido comprobar.

Pequeño Muck le explicó a la vieja lo que había tenido que pasar desde la muerte de su padre y le pidió que le dejase comer con los gatos, sólo aquel día. La mujer, que se había divertido mucho escuchando las desventuras del pequeño, le permitió ser su huésped y le dio de comer y beber hasta saciarse. Cuando hubo comido hasta no poder más, la mujer se quedó mirando un rato y le dijo:

—¡Pequeño Muck quédate conmigo y sé mi criado! No tienes mucho trabajo y seguro que te hará falta.

Pequeño Muck, a quien las gachas de los gatos habían gustado bastante, pensó que era una buena idea, y así fue como entró al servicio de la señora Ahavzi. Su trabajo era peculiar y no muy pesado. Por aquel entonces, la señora Ahavzi tenía dos gatos y cuatro gatas; Pequeño Muck tenía que untarles con cremas muy caras y cepillarles el pelo cada mañana; cuando la señora salía, tenía que vigilar a los gatos; a la hora de las comidas, les debía preparar los platos y, por la noche, les debía instalar en almohadones de seda y tapar con edredones de terciopelo. En la casa también había algunos perrillos a quienes también tenía que servir, aunque sin hacer tantos cumplidos como con los gatos, a los que la señora Ahavzi trataba como si fuesen hijos suyos. Por cierto, Muck hacía allí una vida tan solitaria como en casa de su padre, ya que, a parte de a la señora, no veía nada más que a gatos y perros todo el día.

A Pequeño Muck le fueron bien las cosas durante mucho tiempo; siempre comía bien y no tenía mucho trabajo, y la anciana señora parecía que estaba satisfecha con él. Lo que ocurre es que, poco a poco, los gatos empezaron a tomarle el pelo; cuando la anciana señora salía, saltaban como locos por toda la habitación, se dedicaban a tirarse cosas y rompían las piezas de vajilla que se encontraban de por medio. Ahora bien, en el momento en que oían a la señora, que subía la escalera, enseguida se comportaban completamente al revés: se tumbaban en sus almohadones y movían la cola como si nada hubiese ocurrido. Entonces, cuando encontraba todo aquel desorden en su habitación, la señora Ahavzi se enfurecía mucho y le daba la culpa de todo a Muck. El siempre intentaba defenderse, pero ella hacía más caso a los gatos, con aquella pinta de inocentes, que a su criado.

Pequeño Muck estaba muy triste por no haber encontrado su suerte tampoco en aquella casa y unilateralmente decidió dejar de servir en ella. En la primera parte del viaje, ya había aprendido que vivir sin dinero era duro y resolvió procurarse de alguna forma la paga que la dueña le había prometido, y que no le había dado. En casa de la señora Ahavzi  había una habitación, que siempre estaba cerrada, cuyo interior el no había visto nunca. Sin embargo, a menudo había oído que la señora trasteaba en ella, y él hubiera dado su vida para saber qué guardaba con tanto secreto. Entonces, mientras pensaba en el dinero para marcharse, se le ocurrió que la señora debía tener tesoros secretos escondidos allí. Pero la puerta siempre estaba cerrada y bien cerrada y, en aquellas condiciones, no había nada que hacer.

Una mañana, en que la señora Ahavzi había salido, un perrillo, al que la señora trataba a patadas, pero a quien Muck daba muy buenos tratos y caricias, le estiró de la pierna de sus bombachos, y le dio a entender que le siguiera. A Muck, le gustaba mucho jugar con el perrillo, y le siguió, y advirtió que éste le había conducido delante de una puerta diminuta, que antes nunca había visto y que daba a la habitación de la señora Ahavzi. La puerta se encontraba entornada. El chucho entró en el cuarto y Muck le siguió, y se puso la mar de contento, cuando se percató de que estaba en la habitación que hacía tiempo era objeto de su deseo.

Metió la nariz por todas partes por si encontraba algo de dinero, pero no. Sólo encontró vestidos viejos, vajillas y platos de formas asombrosas colocados por toda la habitación. Una de estas piezas llamaba la atención de forma especial. Era de cristal y estaba adornada con unas elegantes figuras talladas. La cogió y se la miró por todos lados. Pero, ¡oh, qué horror! No se dio cuenta de que la tapa estaba sólo puesta encima y sin pegar; se le cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.

Pequeño Muck se quedó allí de pié un buen rato. Muerto de miedo. Ahora sí que su destino estaba decidido, debía salir pitando, de lo contrario, la vieja le mataría. En un momento, decidió el viaje y sólo quiso echar un último vistazo por si alguna de las pertenencias de la señora Ahavzi le podía ser útil para el trayecto. Entonces se fijó en un par de babuchas grandes y resistentes; no eran muy bonitas, pero las suyas ya no resistirían otro viaje; además, al ser aquellas más grandes que las que llevaba puestas, todo el mundo se fijaría en que se había quitado los zapatos de cuando era niño. Así pues, se quitó las suyas pequeñinas y se metió dentro de las grandes. También le llamó la atención un bastón de paseo con una cabeza de león tallada en la empuñadura que, a su parecer, de poco servía en aquel rincón, por lo que se lo apropió y salió de allí como un rayo.

Se fue corriendo a su habitación, se puso la chilaba, se ató el turbante de su padre, se ciñó la espada a la cintura y huyó, de aquella casa y ciudad, tan deprisa como le permitían sus piernas. Fuera de la ciudad todavía corrió más, por temor a la vieja, hasta que casi no le quedaba aliento. Jamás, en toda su vida, había corrido tanto. Era como si no pudiese parar de correr, porque una fuerza invisible le empujaba a ello. Finalmente se dio cuenta de que aquello de no parar de correr debía tener alguna relación con las babuchas, porque no hacían más que tirar de él hacia delante, arrastrándole. Intentó detenerse de todas las formas posibles, sin ningún éxito; entonces, desesperado, se gritó a sí mismo, de aquella forma que se grita a las mulas:

—¡Sooo, altooo, sooo! —Y las babuchas se detuvieron, y Muck se dejó caer al suelo extenuado.

Las babuchas le gustaron extraordinariamente. Por fin, con su esfuerzo, se había ganado algo que le podría ayudar en la operación de busca de su suerte por el mundo. Contento por todo ello se quedó dormido agotado, como un tronco, porque el cuerpo menudo de Pequeño Muck, teniendo que acarrear una cabeza tan pesada, no lo resistía.

En sueños, se le apareció el perrillo, que lo había ayudado a encontrar las babuchas en casa de la señora Ahavzi, y le dijo:

—Querido Muck, aún no sabes cómo se deben de utilizar las babuchas; debes de saber que si las pellizcas tres veces en el talón, te llevarán volando a donde tú quieras, y con el bastoncillo podrás encontrar tesoros porque, en donde haya oro enterrado, dará tres golpes en el suelo y, si hay plata, dará dos.

Este fue el sueño que tuvo Pequeño Muck. Entonces, cuando se despertó, reflexionó sobre aquella maravillosa revelación y, al momento, decidió comprobarla. Se calzó las babuchas, levantó un poco el pié para poderlas pellizcar. A quien haya visto alguna vez, la habilidad que se necesita para realizar esta operación, con unas babuchas enormes, tres veces seguidas, no le parecerá en absoluto extraño que Pequeño Muck no consiguiera hacerlo a la primera. Y aún más, si uno considera que debía mover su pesada cabeza, primero hacia un lado, después hacia el otro.

El pobre pequeño cayó de bruces más de una vez, pero no se desanimó y no paró hasta que lo consiguió. Salió que los talones le daban vueltas como una rueda; quiso ir a la gran ciudad más próxima, pues las babuchas remaron hacia arriba y corrieron en medio de las nubes, a la velocidad del viento, y Muck no tuvo tiempo ni de darse cuenta de cómo había ocurrido, que ya estaba dentro de un gran mercado lleno de tenderetes y de gente atareada yendo de un lado a otro. Él también circulaba de acá para allá por debajo de la gente, pero enseguida le pareció conveniente dirigirse a una calle menos transitada, porque en el mercado ya le habían pisoteado una babucha y de un tris que no se cae; no hacía más que tropezar con unos y otros con la punta de la espada que le sobresalía por el costado, y debía andar todo el rato con cuidado.

Pequeño Muck se detuvo a considerar seriamente cómo debía de arreglárselas, para poderse ganar algunas monedas. La verdad es que tenía el bastoncillo que le indicaría tesoros escondidos pero, de momento, ¿cómo podía él saber cual era el lugar adecuado para indicarle donde había oro y plata? Por otro lado, si no había otro remedio, también podía mendigar, pero tenía su amor propio. Finalmente, se acordó de la velocidad de sus pies. Quizás, pensó, las babuchas serán la solución para ganarme el pan, y resolvió buscar trabajo de corredor. Dedujo que el rey de una ciudad como aquella tenía que pagar muy bien a sus corredores, por eso investigó por donde caía el palacio. En la puerta de palacio había un centinela que le preguntó qué andaba buscando en aquel lugar. Al responder que iba en busca de trabajo, el guarda le indicó donde estaba el encargado de los esclavos. Le dijo que preguntara por el encargado y le pidió que le proporcionase un sitio entre los mensajeros del rey. El encargado se lo miró de arriba abajo, y le dijo:

—¿Cómo te atreves? ¿Con estos pies tan pequeños, que no miden ni un palmo, quieres ser corredor del rey? Ya puedes volver por donde has venido, que no estoy yo aquí para perder el tiempo con el primer loco que pasa.

Pero Pequeño Muck le aseguró, que su solicitud debía ser tenida seriamente en cuenta y que se veía con ánimo de desafiar al más veloz. Al encargado le hizo mucha gracia todo aquello. Le dijo que estuviera a punto para correr aquella misma tarde, le mandó a la cocina y ordenó que le diesen de comer y beber en abundancia.

El rey era un hombre jovial, y le encantó la idea del encargado de los esclavos de retener a Pequeño Muck para divertirse un rato. Ordenó que organizasen la carrera en un descampado que había detrás de los edificios del castillo, para que él y su corte lo pudiesen ver con comodidad, y recomendó que prestasen mucha atención al enano. El rey anunció el espectáculo, que podrían ver aquella tarde, a los príncipes y princesas; éstos lo dijeron a sus criados y por la tarde la expectación ya era enorme, y todos los que pudieron salieron en tromba en dirección al campo, donde habían construido unas cercas con objeto de facilitar la asistencia al espectáculo y ver correr a aquel milhombres.

Cuando el rey, acompañado de sus hijos e hijas, se hubo instalado donde estaban las cercas, Pequeño Muck salió al campo e hizo una reverencia, sumamente elegante, a las autoridades. La multitud pegó un grito de entusiasmo al verle, porque nunca habían visto a nadie con aquella pinta: el cuerpo pequeño con la cabeza grande, la chilaba y los bombachos anchos, la larga espada metida en su ancha faja, aquellos pies chiquitines dentro de aquellas babuchotas, ¡no! Era una visión demasiado cómica para no desternillarse de risa. Sin embargo, Pequeño Muck no se dejó intimidar por aquellas risas. Se quedó allí de pié y satisfecho, apoyado en su bastoncillo y esperando a su contrincante. Tal como le había pedido el propio Muck, el encargado de los esclavos escogió al mejor corredor, que llegó, se colocó delante de Muck y, juntos, aguardaron la señal de salida. Entonces, tal como estaba estipulado, la princesa Amarza hizo un movimiento con el velo, y los corredores salieron disparados, como dos flechas dirigidas al mismo objetivo.

Ya desde el principio, el competidor de Muck ganó una ventaja considerable pero, con la estratagema de las babuchas, Muck enseguida le atrapó, le avanzó y ya hacía rato que le esperaba en la meta, cuando llegó el otro resoplando. Los espectadores, fascinados y sorprendidos, se quedaron unos instantes estupefactos, pero cuando el rey empezó a aplaudir, la multitud estalló y todos gritaban:

—¡Viva Pequeño Muck! ¡Ha ganado la carrera!

Mientras, habían acompañado a Pequeño Muck ante el rey. Entonces se le echó a los pies y le dijo:

—¡Grande y poderoso señor rey! Aquí sólo os he hecho una demostración de mis habilidades ¡Lo que de verdad quiero es hacerme un sitio entre vuestros corredores!

Pero el rey le respondió:

—No, tú has de ser mi corredor personal y has de estar siempre a mi lado, querido Muck. Cada año te darán un salario de cien monedas de oro y comerás en la mesa de mis servidores privados.

Así fue como Muck creyó que había encontrado su suerte que había estado buscando durante tanto tiempo, y estuvo contento y alegre. También gozó de los favores del rey, porque era a él a quien daba los encargos más secretos y urgentes, los cuales realizaba con la más estricta puntualidad y la más increíble rapidez.

Pero no caía muy simpático al resto de servidores del rey, porque les hacía poca gracia ver a aquel enano bajo la protección de su rey y, además, no entendían cómo podía correr tan deprisa. Por este motivo conspiraban contra él para hundirle; pero todo era inútil ante la enorme confianza que el rey tenía en su Corredor Mayor de la Corte, que es la categoría a que le habían ascendido en tan poco tiempo.

Muck, a quien el revuelo a su alrededor no le pasaba desapercibido, no maquinaba ningún tipo de venganza, porque tenía muy buen corazón. No. Lo que hacía era pensar la forma de ser más querido y necesario a sus enemigos, entonces se acordó del bastoncillo que, al tener tanta suerte, había dejado un poco olvidado. Pensó que si encontraba algún tesoro, los señores serían más amables con él.

En alguna ocasión había oído decir que el padre del actual rey había enterrado muchos de sus tesoros, cuando el enemigo atacó sus tierras; también oyó que se había muerto antes de poder hacer partícipe del secreto a su hijo. Desde entonces Muck llevaba siempre el bastón consigo, con la esperanza de que algún día pasaría por el lugar en donde estaba enterrado el tesoro del anterior rey.

Un día  al atardecer, paseaba casualmente por un apartado paraje del castillo, por donde no pasaba con demasiada frecuencia y, de repente, el bastón se le escapó bruscamente de la mano y dio tres golpes en el suelo. Él ya sabía cual era el significado de aquellos golpes, por eso se quitó la espada, hizo una señal en los árboles que había alrededor y se volvió procurando no hacer mucho ruido. Se proveyó de una pala y esperó a que oscureciera.

La búsqueda del tesoro le dio más trabajo de lo previsto. Sus cortos brazos eran demasiado débiles para manejar una pala tan grande y pesada y, después de unas buenas dos horas cavando,  a duras penas había logrado un agujero de dos pies de fondo. Al fin tropezó con algo duro, que sonaba a metal. Cavó con más ganas y pronto tuvo desenterrada una gran tapa metálica; saltó dentro del agujero para mirar qué había debajo de aquella tapa y encontró una gran ánfora llena a rebosar de monedas de oro, pero tenía tan poca fuerza que no podía sacar aquella jarra del agujero, por tanto se metió tantas monedas como pudo dentro de los bombachos, dentro de la faja e, incluso, se llenó la chilaba de ellas. Las que quedaron volvió a taparlas con mucho cuidado. Se cargó todo aquello a su espalda. En realidad, si no hubiese tenido las babuchas, no se habría podido mover de sitio de tanto como pesaban las monedas. De tal guisa, pudo entrar en su habitación, sin que nadie le viese, y esconder aquel oro debajo de los almohadones del sofá.

Cuando se vio en posesión de tanto oro, le pareció que las cosas cambiarían y que tendría más partidarios y se ganaría las simpatías de los enemigos de la corte. En esto enseguida se notaba que el buen Muck no había recibido una educación adecuada, de lo contrario no se habría hecho ilusiones de ganar amigos con las monedas de oro. ¡Ojalá que en aquel momento se le hubiese ocurrido pellizcar las babuchas y largarse él y su chilaba cargada de oro!

El oro que empezó a gastar a manos llenas, despertó la envidia del resto de criados del castillo. El Cocinero Mayor, dijo:

—Es un falsificador.

El encargado de los esclavos, Achmet, dijo:

—Los ha estafado al rey.

Archaz el Tesorero Mayor, su más fuerte enemigo, a quien gustaba de sisar algún pellizco de la caja real, de vez en cuando, dijo directamente:

—Los ha robado.

Y, para estar seguros de ello, se reunieron en asamblea y un día Korchuz, el Copero Mayor, se presentó ante el rey triste y afligido. Hizo que su aflicción fuese tan evidente que el rey le preguntó qué le ocurría.

—Ay —le respondió— estoy triste, porque he perdido el favor de mi señor.

—¿Qué cosas se te ocurren, amigo Korchuz? —le replicó el rey—. ¿Desde cuando he dejado de iluminarte con el sol de mi favor?

El Copero Mayor le respondió que estaba llenando de oro al Corredor Mayor y que no daba nada a su fiel servidor.

Al rey le sorprendió mucho aquella noticia y se hizo explicar la historia del despilfarro de dinero que hacía Pequeño Muck. Y les fue fácil a los conspiradores hacer que el rey sospechara que Muck, de alguna manera, robaba el oro de la cámara del tesoro. Al Tesorero Mayor, todo aquello le vino como anillo al dedo, ya que no le gustaba demasiado tener que rendir cuentas. Resultando, que el rey ordenó vigilar confidencialmente todo lo que hiciese Muck para, si fuera posible, sorprenderle en flagrante delito.

Entonces, cuando por la noche, de aquel desafortunado día, Pequeño Muck se vio la bolsa casi vacía a causa de su generosidad y cogió la pala y se escabulló del castillo para ir a buscar más provisiones del tesoro escondido, le siguieron, a una prudencial distancia, los vigilantes a las órdenes del Cocinero Mayor Ahuli y de Archaz, el Tesorero Mayor y, justo en el momento en que se iba a meter el oro de la jarra en la chilaba, se le echaron encima, le ataron y le llevaron inmediatamente ante el rey.

El rey, a quién, además, no le hizo ninguna gracia que le rompiesen el sueño, recibió al pobre Corredor Mayor del reino de muy mal humor y le interrogó inmediatamente. Lo que había sacado de la jarra hacía mucho volumen y todo ello, junto con la pala y la chilaba llena de monedas, lo dejaron a los pies del rey. El Tesorero Mayor dijo que él y sus vigilantes habían sorprendido a Muck cuando estaba enterrando la jarra.

Por eso, el rey interrogó al acusado por si era cierto y para saber de donde había sacado aquel oro que había enterrado.

En defensa de su inocencia, Muck dijo que había descubierto aquella ánfora en el jardín y que él no la quería en-terrar, sino que la quería des-enterrar.

Todos los presentes se echaron a reír por aquella excusa; pero el rey, a quien aquella argumentación descarada sacó de sus casillas, dijo gritando:

—¡Qué desvergonzado! ¿Quieres tratar a tu rey de estúpido, con estas solemnes mentiras, encima de haber estado robando? ¡Tesorero Mayor, Archaz! ¡Te ordeno que me digas si esta suma de dinero es la misma que se ha echado a faltar de mis arcas!

El Tesorero Mayor respondió que estaba muy seguro de que, desde hacía cierto tiempo, tanto, y aún más, era lo que faltaba de las arcas reales, y que juraría que aquella suma era precisamente la que allí faltaba.

Entonces el rey ordenó que llevasen a Pequeño Muck encadenado a la torre y entregó el oro al Tesorero Mayor, para que lo devolviese a las arcas. Este, satisfecho de que todo hubiese salido tan bien, cogió el oro y se fue a su casa a contarlo, y el muy bergante no informó nunca de la nota que había en el fondo de la jarra y que decía: “El enemigo ha inundado mis tierras, por eso he enterrado parte de mi tesoro en este lugar; ¡el castigo de la maldición caiga sobre aquel que lo encuentre y no lo entregue enseguida a mi hijo! Rey Sadi” 

Pequeño Muck reflexionaba entristecido en la mazmorra; sabía que el castigo por robar al rey era la pena de muerte, y también sabía que no podía desvelar el secreto del bastón porque tenía miedo, con razón, que se lo robasen junto a las babuchas. Desgraciadamente las babuchas no le servían de nada porque estaba encadenado a la pared de la mazmorra y, por mucho que se atormentase, no había forma de poderse salir de ella. Cuando al segundo día le notificaron la pena de muerte, pensó que realmente valía más estar vivo sin el bastón mágico que muerto con el bastón. Pidió audiencia al rey para poderle explicar un secreto, y el rey se la concedió.

Al principio, el rey no se fiaba un pelo de todo lo que le decía, pero Pequeño Muck le prometió que se lo demostraría si él correspondía conmutándole la pena de muerte. El rey le dio su palabra e hizo enterrar un poco de oro, sin que Muck viese dónde, y entonces le ordenó que buscase con el diminuto bastón. No tardó mucho en encontrarlo, porque el bastón se comportó como debía y enseguida saltó y pegó tres veces en el suelo. Al instante, el rey se dio cuenta de que era su tesorero quien le había engañado y, como es costumbre en Oriente, ordenó que le enviaran un cordón de seda para que se colgase él mismo. A Pequeño Muck le dijo:

—Te he prometido que te conmutaría la pena de muerte, pero me parece que aún tienes algún otro secreto para explicarme y, por lo tanto, te dejaré a cadena perpetua si no me explicas como es que puedes correr tan deprisa.

El pequeño Muck, que con la única noche que pasó en la torre ya tenía más que suficiente, confesó que todo el secreto estaba en sus babuchas, pero no le dijo nada de los tres pellizcos en el talón. El rey se calzó las babuchas para probarlo y se puso a correr como un loco dando vueltas por el jardín. El sí que quería parar, pero no sabía la forma de hacer que las babuchas estuvieran quietas, y Pequeño Muck, que bien se había ganado esta pequeña venganza, le dejó correr hasta que cayó extenuado.

Cuando el rey se recobró estaba muy disgustado con Pequeño Muck por haberle dejado que corriera hasta perder el aliento.

—¡Te he dado mi palabra de que te conmutaría la pena de muerte y te daría la libertad, pero de aquí a doce horas has de estar fuera de mi país, de lo contrario, te haré colgar!

Y el rey se guardó las babuchas y el pequeño bastón en su habitación.

De esta forma, Pequeño Muck se marchaba de aquellas tierras tan pobre como había llegado a ellas y maldiciéndose a sí mismo por haber sido tan bobo; había podido tener un cargo prestigioso en la corte y en cambio se dejó engañar completamente. Por suerte, el país de donde le desterraban no era muy grande y al cabo de unas ocho horas ya estaba en la frontera, aunque el camino se la hizo bastante pesado, porque ya se había acostumbrado a las babuchas.

Una vez en la frontera, se le acabó el buen camino y tuvo que meterse por boscajes deshabitados, y de buscarse un lugar para vivir solo, ya que su aspecto desagradaba a todos. Encontró uno de apropiado en una parte muy espesa del bosque y decidió quedarse allí. Un riachuelo de agua clara rodeado de grandes y sombreadas higueras y hierba suave como una alfombra, eran una invitación para quedarse; se dejó caer encima de la hierba decidido a no comer nada y esperar la muerte. Pensando cosas tristes sobre la muerte, se quedó dormido, pero cuando se despertó y las ganas de comer comenzaron a atormentarle, consideró que morir de hambre debía ser algo duro y buscó por los alrededores por si encontraba algo para poder comer.

Del árbol, bajo el cual se había quedado dormido, colgaban unos higos maduros y de aspecto delicioso; se encaramó para recoger unos cuantos y probó unos que estaban exquisitos; luego se dirigió al riachuelo con la intención de apagar su sed pero, ¡qué horror! ¡Cuándo en el espejo del agua vio su imagen con unas enormes orejas y una nariz grande y larga pegados a su cabeza! Se puso las manos en las orejas desconcertado y, la verdad es que abultaban más de una vara de largo.

—¡Me he ganado orejas de asno! —se dijo gritando—. Esto me pasa por haber tratado mi suerte como un burro, a coces.

Anduvo cabizbajo por entre los árboles hasta que volvió a tener hambre y, como no encontró nada más, tuvo que ponerle remedio arrancando otra vez higos de la higuera. Al terminar quiso esconder sus orejas bajo el turbante para no tener un aspecto tan cómico, y notó como si se le hubiesen encogido. Volvió corriendo al riachuelo para comprobarlo y, ¡sí!, era cierto, las orejas eran de la medida que debían ser y ya no tenía aquella nariz grande y deforme. Entonces fue cuando lo entendió todo; de la primera higuera había recibido la nariz y las orejas gigantes y la segunda higuera los había hecho desaparecer; estaba contento de haber aprendido que su buen destino le volvía a echar una mano para ayudarle a encontrar su suerte. Recogió higos de las dos higueras, tantos como podía llevar, y volvió a la ciudad de donde tuvo que marchar hacía poco tiempo. De camino se detuvo en la primera aldea por la que pasó, para ponerse otra ropa, de forma que no le pudiesen reconocer, y no tardó mucho en llegar a la ciudad, en donde vivía aquel rey que le había desterrado.

Aquella era una época en que la fruta madura aún escaseaba; Pequeño Muck se colocó al lado del portal de palacio, porque sabía muy bien que el Maestro Cocinero acostumbraba comprar allí golosinas poco frecuentes para la real mesa. Muck no tuvo que esperar mucho rato para ver salir al Maestro Cocinero a echar un vistazo. El cocinero examinó los productos de los vendedores que había por los alrededores de la puerta de palacio. Por fin, se fijó en la cesta de Muck.

—Ah, aquí tenemos un bocado excepcional —dijo—, que seguro complacerá mucho a su majestad. ¿Cuánto quieres por todo el cesto?

Pequeño Muck pidió un precio razonable y enseguida se pusieron de acuerdo. El Maestro Cocinero pasó el cesto a un esclavo y continuó con su tarea; en cambio Pequeño Muck se escabulló de aquel lugar, porque ya se imaginaba que cuando empezase a pasar algo en las cabezas de la corte, le querrían atrapar y castigar por haberles vendido los higos.

El rey estaba en la mesa y de muy buen humor, y llenaba de elogio a su Maestro Cocinero por los platos que cocinaba y por su buena disposición a buscarle siempre las cosas más sabrosas; el Maestro Cocinero, que todavía le tenía reservada aquella golosina que ya sabemos, le sonreía contento y satisfecho y sólo de vez en cuando dejaba ir algo como: “lo mejor viene al final” o “ya veréis, ya veréis”. De esta forma las princesas estaban cada vez más intrigadas para saber que más les serviría el maestro cocinero, y cuando les dejó aquellos preciosos higos encima de la mesa, todos los presentes soltaron un “oooh” unánime de admiración.

—¡Qué maduras! ¡Y, qué apetitosas! —dijo el rey en voz alta—. ¡Maestro Cocinero, eres todo un personaje y te mereces toda nuestra estima!

Y, mientras lo decía, el rey en persona se puso a repartir parsimoniosamente aquel exquisito manjar que tenía sobre la mesa. A cada príncipe y a cada princesa, le tocaron dos, a las damas de la corte, y a los Visires y a los Agas, una, las que sobraron se las colocó ante sí y las devoró con delirio.

—¿Pero, que Dios nos ampare, que te ha ocurrido, padre? —gritó de repente la princesa Amarza.

Todos miraron al rey boquiabiertos. De la cabeza le colgaban unas orejas colosales, y una nariz impresionante le descendía hasta encima de la barbilla; además, todos se fueron mirando unos a otros con horror y estupor: todos estaban “adornados” casi de la misma forma.

¡Os podéis imaginar el pánico que se apoderó de la corte! Inmediatamente enviaron a buscar a todos los médicos de la ciudad; allí se acercaron multitudes y les recetaron píldoras y pociones, pero las orejas y las narices no se movían. Operaron a uno de los príncipes, pero las orejas volvieron a crecerle.

Muck, desde su escondrijo, se iba enterando de todas las noticias hasta que decidió que ya había llegado el momento de actuar. Con el dinero que había cobrado por la venta de los higos, se proveyó de un disfraz para hacerse pasar por sabio y con una larga barba de piel de cabra acabó de redondear el camuflaje. Cogió un saco lleno de higos y se fue al palacio real a ofrecer sus conocimientos en medicina. De entrada, no acababan de creerle, pero después de haber invitado a uno de los príncipes a comer un higo, que le dejó la nariz y las orejas como las tenía antes, todo el mundo quería hacerse visitar por aquel médico forastero.

Pero, fue el rey, quien le cogió de la mano sin mediar palabra y se lo llevó hacia sus habitaciones. Una vez allí, abrió una puerta que daba a la sala del tesoro, e hizo señal a Muck que le siguiese.

—Aquí tengo mis tesoros —dijo el rey—. Coge lo que quieras, lo que sea, te lo concedo, si me liberas de esta ignominiosa desgracia.

Para Pequeño Muck, aquellas palabras sonaban a música celestial. Nada más entrar en la habitación vio sus babuchas y, a su lado también a su pequeño bastón. Sin embargo, dio una vuelta por el lugar haciendo como si quisiese admirar los tesoros del rey. Justo cuando llegó donde estaban las babuchas, se metió en ellas con decisión, cogió el bastoncillo, se estiró la falsa barba y mostró al atónito rey la conocida fisonomía del desterrado Muck.

—Eres un rey traidor —le dijo—-, porque pagas a tus servidores fieles con ingratitud. Como castigo, ya te puedes quedar con esta cara de monstruo que bien que te la has ganado y, las orejas te las dejo para que todos los días te acuerdes de Pequeño Muck.

Una vez dicho esto, dio media vuelta y salió por la puerta piernas para que os quiero y el rey no tuvo siquiera tiempo para pedir ayuda porque Pequeño Muck ya había desaparecido.

Desde entonces no le falta de nada a Pequeño Muck, sin embargo, vive solo porque la gente le menosprecia. Con todas aquellas experiencias se ha convertido en hombre sabio, que, pese a su apariencia estrafalaria, ha de merecer tu admiración, Muley, en vez de tus burlas.

Esta es la historia que me explicó mi padre. Le dije que me arrepentía de mi comportamiento grosero con aquel pequeño gran hombre y mi padre me hizo pagar la otra mitad del castigo que me había impuesto. Yo expliqué el maravilloso destino del pequeño a mis compañeros, y llegamos a quererle tanto que nunca más volvimos a insultarle. Al contrario, mientras vivió le respetamos y, en su presencia, siempre nos comportamos tan correctamente como si estuviésemos delante de un juez o de un consejero.

Los viajeros decidieron descansar en aquel campamento de caravanas, al objeto de estar preparados, tanto ellos como los animales, para el próximo día de viaje. El jolgorio del día anterior continuó durante todo aquel día y se divirtieron jugando a toda clase de juegos y, después de cenar, no se olvidaron de recordar al quinto mercader, Alí Sizah, que hiciese lo que le tocaba hacer y explicase una historia. Respondió que en su vida no le habían ocurrido tantos acontecimientos como para explicar algo, por eso les contaría algo diferente, como es: El cuento del falso príncipe.


[i] Ciudad antigua de Bitinia, actualmente Iznik.

 

Continuará...