EL RESCATE DE FATME
Catalán

¡Haz clic y verás la ilustración completa!Mi hermano Mustafá y mi hermana Fatme eran casi de la misma edad. A lo sumo se llevaban dos años. Vivían muy unidos y compartían todo lo que nuestro pobre padre anciano y enfermo les podía facilitar. Cuando Fatme cumplió los dieciséis años, su hermano le organizó una fiesta. Invitaron a todas sus amigas, prepararon una exquisita merienda en el jardín y, al atardecer, la invitaron a dar un paseo en una barca que habían alquilado y engalanado para la ocasión. Fatme y sus amigas accedieron encantadas porque hacía muy buen tiempo y la ciudad, especialmente en los atardeceres, ofrecía unas vistas magníficas. Las chicas estaban tan a gusto en la barca que convencieron a mi hermano para que remara mar adentro. A Mustafá no le pareció buena idea, porque últimamente había oído rumores de que se habían visto piratas por los alrededores. No lejos de la ciudad, un cabo se adentraba en el mar. Las chicas querían ir hasta allí para ver la puesta del sol desde aquel lugar. Al dar la vuelta al cabo avistaron un velero cargado con un gran arsenal de armas. Mi hermano, que era quien remaba, temió lo peor y quiso dar la vuelta y volver a tierra. Realmente sus temores se confirmaron, porque el velero inmediatamente puso rumbo hacia ellos persiguiéndoles y, como llevaba más remeros, les alcanzaron y navegaron un rato entre nuestra barca y tierra firme. Entonces las chicas, al advertir el peligro, empezaron a chillar, y a moverse, y a quejarse; Mustafá intentaba tranquilizarlas sin éxito, para que se estuvieran quietas, ya que moviéndose de un lado para otro hacían tambalear la barca. No pudo evitarlo, cuando el velero se les acercó, las chicas se precipitaron hacia la popa y volcaron.

Mientras, desde tierra firme se habían percatado de lo que pasaba y, como que todos habían oído hablar de los piratas y aquel velero les dio mala espina, ya habían empezado a salir barcas para ayudar a la nuestra. Sólo tuvieron tiempo de recoger a los náufragos. En la confusión del momento, el velero enemigo huyó. Los de las barcas que habían ido a ayudarles no estaban muy seguros de haberlos salvado a todos. Se acercaron para comprobarlo y, ¡ay!, vieron que faltaba mi hermana y una de sus amigas, además, descubrieron que en las barcas había un forastero que nadie conocía. Ante las amenazas de Mustafá, el forastero les dijo que era un miembro de la tripulación del velero, que fondeaba a unas dos millas al este de aquella zona, y que, al huir, sus compañeros le habían dejado en la estacada mientras ayudaba a rescatar del agua a dos chicas; también dijo que había visto como se las llevaban en el velero.

El dolor de nuestro anciano padre no tenía límites, y Mustafá también estaba tan desconsolado que se quería morir, porque además de perder a su querida hermana y sentirse culpable por ello, la otra compañera de aquella fatalidad era su amiga Zoraide, cuyos padres se habían comprometido a dársela por esposa. Sólo nuestro padre no se había decidido aún por este compromiso, porque los padres de ella eran de origen humilde.

Sin embargo, nuestro padre era un hombre fuerte y, en cuanto estuvo algo repuesto del disgusto, hizo comparecer a Mustafá a su presencia y le dijo:

—Tu insensatez me ha robado el consuelo de mi vejez y la alegría de mis ojos. Vete para siempre de esta casa, te maldigo a ti y a tus descendientes y únicamente quedarás libre de la maldición de tu padre si me devuelves a Fatme.

Mi hermano no se esperaba esto; antes ya había decidido solicitar la bendición del padre, pero ahora debía salir a correr mundo con el lastre de su maldición. Y, si al principio la desesperación le angustió, más tarde, todas aquellas desgracias, que no se merecía, también le hicieron más valiente.

Fue a ver al pirata prisionero y le preguntó que rumbo llevaba el velero. Averiguó que comerciaba con esclavos y que tenían por costumbre ir al gran mercado de Basora.

Al volver a casa a hacer los preparativos para ir hacia allí, pareció que nuestro padre se había calmado un poco, porque le hizo llegar una bolsa cargada de oro para el viaje. Mustafá se despidió llorando de los padres de Zoraide, así es como se llamaba su amada prometida, y se encaminó hacia Basora. Mustafá viajó por tierra, ya que desde nuestra pequeña ciudad no había ningún velero que hiciese el trayecto directo a Basora. Es por esta razón que el viaje a Basora, para poder atrapar a los piratas, fue bastante duro. Al llevar un buen caballo y poco equipaje, calculó llegar a aquella ciudad al final del sexto día. Pero el cuarto día, hacia el atardecer, mientras hacía camino completamente solo, le atacaron tres hombres por sorpresa. Como sea que éstos eran fuertes e iban muy bien armados, y mi hermano amaba más la vida que el dinero y el caballo, les dijo gritando que se lo daría todo. Aquellos hombres descendieron de los caballos y le ataron los pies por debajo del vientre del caballo, dejándole encima inmovilizado, tiraron de las riendas y, se pusieron al trote sin mediar palabra.

A Mustafá, le embargó una sorda desesperación, porque todo indicaba que se iba cumpliendo la maldición de su padre. ¿Cómo se las arreglaría para rescatar a su hermana y a Zoraide si le robaban lo que tenía, y ya bastante trabajo tendría para liberarse él mismo? Cuando llevaban aproximadamente una hora cabalgando, Mustafá y sus silenciosos acompañantes, se adentraron en un pequeño valle transversal, donde una hierba verde y esponjosa y un riachuelo que discurría en medio invitaban a la paz. Vio montadas, como mínimo, unas quince o veinte tiendas. Tenían atados los caballos y camellos en sus estacas. De una de las tiendas salía el sonido claro de una cítara y de dos agradables voces masculinas. A mi hermano se le ocurrió que gente capaz de escoger un paraje tan bonito y agradable, no podía albergar malas intenciones contra él. Y, cuando los que le hicieron prisionero le desataron y le indicaron con señas que desmontara y les siguiese, lo hizo sin ninguna clase de temor. Le llevaron hasta una tienda, la más grande de todas, que por dentro casi era elegante. Almohadones con magníficos bordados en oro, vistosas alfombras, ceniceros dorados que delataban una vida anterior de placeres y de riqueza, estaban expuestos como atrevidos botines de ladrón. En uno de los almohadones, estaba sentado un hombre vetusto, de poca estatura, feo, la piel casi negra y brillante, y con una mueca que le sesgaba la boca y los ojos dándole un aire de socarrón astuto y un aspecto odioso. Con todo, el hombre se daba importancia. Pero, Mustafá se dio cuenta enseguida de que la tienda no estaba tan ricamente adornada precisamente para aquel chiquilicuatro y la conversación, que mantuvieron los que le habían traído y aquel hombre, se lo confirmó.

—¿Dónde está el Mayor? —preguntaron al bajito.

—Está de cacería —respondió el otro—; pero me ha encargado que le guarde el sitio.

—Esto no es nada prudente — replicó uno de los asaltantes—; porque hay que decidir si este perro tiene que morir o pagar y esto lo sabe mejor el Mayor que tu. 

El bajito se puso en pie, con la dignidad de su categoría, y alargó el brazo para pegarle un sopapo, pero su contrincante sólo se dejó llegar a la oreja con la punta de los dedos. Cuando vio que se había molestado por nada, el Enano empezó a insultarle y, en verdad que no fue él solo, el culpable de que la tienda retumbase. En aquel momento se abrió la puerta de la tienda y entró un hombre majestuoso, joven, de buena estampa como un príncipe persa; sus armas y sus vestidos ricamente decorados, la daga también adornada y la brillante espada, estrecha y lisa; pero los ojos eran serios y sus maneras imponían respeto sin llegar a infundir miedo.

—¿Quién se atreve a pelearse en mi tienda? —dijo gritando a los desconcertados hombres.

Tras un largo silencio, uno de los que había capturado a Mustafá le explicó cómo había ocurrido. El “Mayor”, como ellos le llamaban, se puso como un energúmeno.

—¿Cuándo te dije, que te instalaras en mi tienda, Hasan? —se dirigió al Enano gritando y con una voz aterradora.

El Enano se quedó tan encogido de miedo que todavía parecía más bajito que antes y se escurrió hacia la puerta de la tienda. Una contundente patada del Mayor hizo que el Enano saliera de estampida.

Cuando el Enano hubo desaparecido, los tres hombres llevaron a Mustafá ante el señor de la tienda, que ya estaba sentado sobre uno de los almohadones.

—Aquí tienes a quien nos mandaste hacer prisionero.

El Mayor se lo miró un buen rato y luego dijo:

Bassa[i]  de Suleika, tu conciencia te dirá porqué estas ante Orbassan.

Al oír esto mi hermano se echó al suelo y dijo:

—¡Señor! ¡Os equivocáis! ¡Soy un pobre desgraciado, pero no el Bassa que tu buscas!

Todos los que estaban en la tienda se sorprendieron al oír esto. Pero el señor de la tienda dijo:

—Te servirá de muy poco hacer teatro, porque voy a traer a gente que te conoce bastante bien.

Entonces mandó a buscar a Zuleima. Se trataba de una mujer anciana que, cuando le preguntaron si mi hermano era el Bassa de Suleika, respondió:

—¡Ya lo veo! —Y lo juró sobre la tumba del Profeta— Es el Bassa y nadie más.

—¿Lo ves infeliz? Tu argucia se ha deshecho como la nieve en el desierto— dijo el Mayor enfadado—. ¡Eres tan miserable que ni tan siquiera voy a ensuciar mi daga con tu sangre, pero mañana por la mañana haré que te aten a la cola de mi caballo y saldré contigo a cazar por los bosques desde que salga el sol hasta que se ponga tras los turones de Suleika!

Llegado a este punto sí que mi hermano perdió su coraje.

—¡Es la maldición de mi obstinado padre, que me va a conducir a una muerte ignominiosa! —gritó llorando— ¡Tu también estás perdida, querida hermana! ¡Tu también, Zoraide!

—Hacer teatro no te va a servir para nada —dijo uno de los ladrones, mientras le ataba las manos a la espalda—. ¡Vamos, salgamos de la tienda, que el Mayor ya se está mordiendo los labios y mirando su puñal! ¡Si quieres estar vivo una noche más, salgamos!

Cuando aquellos ladrones se disponían a salir de la tienda con mi hermano, tropezaron con tres más que llevaban otro prisionero por delante. Le hicieron entrar.

—Aquí te traemos al Bassa, tal como nos has ordenado —dijeron y le empujaron ante el almohadón del Mayor.

Al pasar por su lado, mi hermano tuvo ocasión de verle detenidamente y, hasta él se dio cuenta de cómo se parecían. Sólo que el otro era más moreno de cara y su barba era negra. El Mayor se sorprendió de que apareciera otro prisionero.

—¿Quién de vosotros dos es el auténtico? —preguntó, mientras miraba a uno y a otro.

—¡Si te refieres a quién es el Bassa de Suleika —respondió orgulloso el otro prisionero—, ese soy yo!

El Mayor se lo miró un rato con aquellos ojos serios y aterradores y entonces hizo una seña para que lo llevasen fuera. Luego se acercó a mi hermano, le cortó las ataduras con su daga y lo invitó a sentarse a su lado, en los almohadones.

—Siento en el alma  haberte tomado por este monstruo —le dijo—, puedes agradecerlo a una jugada providencial del cielo que, en el momento en que el fin de aquel malvado estaba decidido, te ha puesto en manos de mis compañeros.

Mi hermano le pidió un único favor: que le dejase marchar inmediatamente, ya que cualquier demora podía ser fatal. El Mayor quiso informarse de aquel asunto tan urgente y, cuando mi hermano se lo explicó todo, le convenció que se quedase en su tienda aquella noche. Tanto al caballo como a él, les convenía descansar. Al día siguiente le mostraría un atajo, que en un día y medio le llevaría a Basora. Mi hermano se quedó, le obsequiaron de forma exquisita y durmió plácidamente en la tienda del ladrón hasta el día siguiente.

Cuando se despertó, estaba solo en la tienda, pero oyó las voces del Mayor y del hombre de piel oscura, al otro lado de la cortina de la tienda. Espió un poco y oyó asustado que el Enano aconsejaba al otro que matara al forastero porque, si le dejaban marchar, los podía traicionar a todos.

Mustafá enseguida se dio cuenta que el Enano le guardaba rencor, por haber sido la causa de que lo tratasen de aquella forma tan desagradable, el día anterior. El Mayor reflexionó unos momentos.

—No —dijo—, es mi huésped y para mí la hospitalidad es sagrada. Además, no me da la impresión de que nos vaya a traicionar.

Dicho esto, apartó la cortina y entró.

—¡La paz sea contigo Mustafá! —dijo—. ¡Vamos a desayunar y preparémonos para salir!

Obsequió a mi hermano con una jarra de sorbete y, cuando hubieron bebido los dos, prepararon los caballos y Mustafá, que estaba sumamente contento, montó en el caballo de un salto. El Mayor explicó a mi hermano que aquel Bassa, que habían capturado, les había prometido que se podían quedar en su territorio sin peligro pero que, al cabo de unas semanas, algunos de sus hombres más valientes habían sido capturados y, después de infringirles torturas horripilantes, los habían colgado. Había esperado mucho tiempo para poder atraparlo y ahora debía morir. Mustafá no se atrevió a poner objeción alguna, porque ya había salvado su piel por los pelos.

A la salida del bosque, el Mayor detuvo el caballo, indicó el camino a mi hermano, le alargó la mano para despedirse y dijo:

—Mustafá, has un sido huésped poco corriente del ladrón Orbassan; no te voy a pedir que no expliques lo que has visto u oído. Has sufrido injustamente el temor a morir y me siento culpable por ello. Toma esta daga como recuerdo y, si te encuentras en apuros, házmela llegar y vendré inmediatamente en tu ayuda. Esta bolsa te puede ser útil para el viaje.

Mi hermano le dio las gracias por aquella generosidad; cogió la daga, pero rehusó la bolsa. Entonces Orbassan le volvió a estrechar la mano, dejó caer la bolsa al suelo y salió al galope hacia el bosque. Cuando Mustafá vio que la bolsa se quedaría allí, salto del caballo para recogerla y le sorprendió muchísimo la generosidad tan grande de su amigo, porque la bolsa estaba repleta de oro. Dio gracias a Alá por haberle salvado, encomendó aquel ladrón a su clemencia y continuó el camino de Basora extraordinariamente animado.

En aquel punto Lezah calló y miró a Achmet, el mercader anciano, para ver qué decía a todo aquello.

—No, si es así —dijo éste—, muy gustosamente corregiré la opinión que tengo de Orbassan porque, tienes razón, es verdad que se comportó estupendamente con tu hermano.

—Hizo como un musulmán cabal —dijo Muley gritando—; pero espero que con esto no des tu historia por acabada, porque me parece que todos nos morimos de ganas por saber qué se hizo de tu hermano, y si pudo liberar a tu hermana y a la hermosa Zoraide.

—Si no os aburro, continuaré con mucho gusto —respondió Lezah— porque la historia de mi hermano es realmente maravillosa y está llena de aventuras.

Al mediodía del séptimo de haber partido, Mustafá llegó a la puerta de Basora. Tan pronto llegó al campamento de caravanas, preguntó cuándo empezaba el mercado de esclavos que se celebraba anualmente. Pero le dieron la terrible noticia de que había llegado dos días tarde. Entonces, se compadecieron de él y le explicaron lo que se había perdido porque, en el último día de mercado, habían traído a dos esclavas tan hermosas que todos los mercaderes se volvieron para mirarlas. Se hicieron las ofertas y regateos normales en estos casos y, claro, llegaron a un precio tan elevado que sólo se lo podía permitir su amo actual.

Pidió más detalles sobre las dos esclavas y ya no le quedó duda alguna que eran las dos infortunadas que buscaba. También supo que el hombre que las compró se llamaba Thiuli-Kos, y vivía a cuarenta horas de Basora, que era un hombre ilustre, rico, pero ya anciano, que había sido el anterior Kapudan-Bassa[ii] del Gran Señor, y que ya se había retirado con toda la fortuna que había podido amasar.

Al momento le vino a Mustafá el pronto de saltar encima del caballo y correr tras de Thiuli-Kos, que aún no le llevaba un día de ventaja. Pero cuando se detuvo a pensar que él solo no podía enfrentarse a un hombre tan poderoso ni siquiera para robarle, caviló otra estrategia que se le ocurrió enseguida. La confusión con el Bassa de Suleika, que casi le había dado un disgusto, le dio la idea de presentarse en casa de Thiuli-Kos con este nombre y, de esta forma, tendría una posibilidad de intentar salvar las dos infortunadas chicas.

Para hacerlo contrató criados y caballos con el dinero que, con mucho acierto, le había dado Orbassan; él y sus criados se vistieron adecuadamente y se dirigieron al castillo de Thiuli. Al cabo de cinco días llegaron cerca del castillo. Estaba edificado en un hermoso llano y rodeado de unas murallas tan altas que casi no dejaban ver los edificios. Una vez allí, Mustafá se tiñó de negro el cabello y la barba, y se untó la cara con el jugo de una planta que se la dejó morena como la del Bassa. Envió a uno de sus criados al castillo para pedir alojamiento para el Bassa de Suleika. El criado regresó al poco rato acompañado de cuatro esclavos bien ataviados, los cuales cogieron el caballo de Mustafá por las riendas y lo condujeron hacia el castillo. Una vez allí le ayudaron a bajar del caballo y otros cuatro esclavos le escoltaron hasta Thiuli, por unas escaleras de mármol.

El tal Thiuli, un hombre anciano y agradable, acogió a mi hermano deshaciéndose en atenciones y le hizo servir lo mejor que sabía preparar su cocinero. Una vez en la mesa, Mustafá fue llevando la conversación hacia las nuevas esclavas y el Thiuli elogió su belleza y sólo se quejó de que estuviesen siempre tan tristes, pese a todo creía que ya se les pasaría. Mi hermano estaba muy satisfecho por aquella buena acogida y se acostó muy esperanzado.

Haría una hora que dormía cuando le despertó la claridad de una luz, que le enfocaba a los ojos. Al volver en sí, pensó que aún soñaba porque enfrente tenía a aquel enano de la tienda de Orbassan, con una lámpara en la mano y el hocico desfigurado por su mueca torcida y sarcástica. Mustafá se pellizcó el brazo, se tiró de la nariz para comprobar si estaba despierto, pero la aparición continuaba frente a él:

—¿Qué haces al lado de mi cama? —dijo gritando Mustafá, cuando se repuso de la sorpresa.

—¡No os inquietéis, señor —dijo el Enano— Ya sé para qué habéis venido. También recuerdo muy bien vuestra valiosa fisonomía. Pero, os puedo asegurar que me habríais  engañado si no hubiera sido yo mismo, con mis propias manos, quién ha colgado al Bassa. Sin embargo, estoy aquí para preguntaros una cosa.

—¿Primero, dime cómo has llegado hasta aquí? —le preguntó Mustafá, molesto porque se dio cuenta que estaba hablando con un traidor.

—Ya os lo diré —le respondió el otro—. Ya no aguantaba más al Mayor, por eso he decidido marchar, pero tú, Mustafá, has tenido la culpa de que nos peleáramos y por eso tendrás que concederme a tu hermana por esposa; a cambio, te ayudaré a escapar de aquí, y si no me la concedes, voy a explicar a mi nuevo amo algun “detallito” del nuevo Bassa.

Mustafá se puso fuera de sí por el miedo y la rabia; ahora que estaba a punto de conseguir lo que quería, tenía que presentarse aquel miserable para estropearle su plan. Sólo le quedaba una forma de poder llevarlo a cabo: tenía que matar a aquel monstruo. Salió de la cama de un salto y se echó encima del Enano, pero éste lo intuyó y dejó caer la lámpara, que se apagó, logrando escapar en la oscuridad gritando y pidiendo ayuda como un condenado.

Ahora sí que se le habían torcido las cosas; lo de salvar a las chicas ya se lo podía quitar de la cabeza y pensar sólo en su salvación. Se asomó a la ventana, para ver si podía saltar. Era muy alta y más allá se debía saltar un muro de considerable altura. Mientras lo pensaba, oyó unas voces que se acercaban a la habitación; ya se oían bastante cerca cuando, desesperado, se deshizo de su espada y de su atavío y se tiró por la ventana. Fue una caída dura, pero no se rompió ningún hueso; inmediatamente saltó el muro que cerraba el castillo y, dejando a sus perseguidores con un palmo de nariz, se encontró ya prácticamente fuera de peligro. Corrió hasta encontrar un bosquecillo, y se echó al suelo agotado. Allí estuvo reflexionando qué debía hacer. Tuvo que dejar a los criados y a los caballos, pero pudo salvar el dinero porque lo llevaba escondido en su faja.

Su capacidad de inventiva pronto le ofreció otra idea para intentar de nuevo el rescate. Continuó caminando por el bosque hasta que encontró un pueblo, en donde pudo comprar, a buen precio, un caballo que en poco tiempo lo llevó a la ciudad. Allí, preguntó dónde podría encontrar un médico y le recomendaron uno de anciano y experimentado. Con un puñado de monedas de oro le convenció de que le proporcionase un medicamento para hacer dormir a la gente como si estuviera muerta, y un antídoto para despertarla. Una vez en posesión de estos potingues, se compró una larga barba, un talar negro, y unos cuantos librillos y alambiques de forma que tenía el aspecto de ser un médico ambulante bastante convincente. Cargó todas aquellas cosas en un asno y volvió a dirigirse hacia el castillo de Thiuli-Kos. Esta vez debía asegurarse de que no le descubriesen y aquella barba postiza lo tapaba de una manera que ni él mismo se habría reconocido.

Una vez ya en casa de Thiuli se hizo anunciar como el doctor Xakamankabudibaba y, tal como había previsto, se lo creyeron. Aquel nombre tan pomposo, le fue tan extraordinariamente útil ante el viejo loco, que fue invitado a su mesa inmediatamente. Xakamankabudibaba se presentó ante Thiuli y, apenas hacía una hora que hablaban, que el viejo ya estaba convencido de que todas sus esclavas debían someterse a la revisión del doctor. El doctor a duras penas podía esconder la emoción que sentía y, con el corazón palpitando, siguió a Thiuli que le guiaba hacia el serrallo. Entraron en una sala muy bien decorada, pero donde no había nadie.

—Xambaba o como te llames, estimado doctor —dijo Thiuli-Kos—. Fíjate en aquel agujero que hay en la pared. Mis esclavas sacarán la mano por aquí una tras otra y tu les podrás tomar el pulso y decidir si están sanas o enfermas.

Se suponía que Mustafá debía ir argumentando lo que le pareciese, ja que no podría verlas. Sin embargo, Thiuli permitiría que le fuesen diciendo cómo se encontraban. Entonces Thiuli se sacó una larga lista de su faja y empezó a llamar a las esclavas en voz alta, una por una y por su nombre. Cada vez salía una mano del agujero y el doctor la auscultaba. Ya había examinado seis y a todas las había encontrado sanas, Thiuli gritó:

—¡Fatme! —Y una mano pequeña y blanca se deslizó por el agujero. 

Temblando de contento Mustafá cogió aquella mano y con un gesto trascendental dijo que estaba considerablemente enferma. Esto preocupó muchísimo a Thiuli que se quedó muy preocupado y ordenó a Xakamankabudibaba que preparase un medicamento inmediatamente. El médico salió de la sala y en un pedacito de papel escribió: ¡Fatme! Te salvaré, si estás de acuerdo en tomar una poción que te dejará como muerta durante dos días, contra la que tengo el remedio para volverte a la vida. Si así lo quieres, solo tienes que decir que este jarabe no te ha ido bien y esta será la señal de que estás de acuerdo.

Volvió enseguida a la sala en donde le esperaba Thiuli. Llevaba un jarabe inofensivo; volvió a tomar el pulso a Fatme a la vez que le escondía el pedazo de papel en el brazalete; y el jarabe se lo dio por una ventana de la pared. Thiuli estaba muy preocupado por Fatme y aplazó la revisión de las demás para otro momento. Mientras salía de la sala acompañado de Mustafá dijo tristemente:

—¿Xadibaba, dímelo sinceramente, qué sabes de la enfermedad de Fatme?

Xakamankabdibaba le respondió con un profundo suspiro: 

—¡Ay, señor, si el Profeta me quisiese conceder el favor! Tiene una fiebre muy mala que puede acabar con ella.

Entonces a Thiuli le cegó la ira.

—¿Qué me dices? ¡Maldito perro! ¡Estúpido médico! ¿Ella, por la que pagué dos mil monedas de oro, se me ha de morir como una vaca? ¡Ándate con cuidado, que si no la sanas te haré cortar la cabeza!

Mi hermano se dio cuenta de que la idea no había sido muy acertada y volvió a dar esperanzas a Thiuli. Mientras hablaban, vino un esclavo del serrallo para dar al doctor este mensaje: el jarabe no ha ido bien.

—Utiliza todo tu arte, Xakamadababelba, o como demonios firmes, te pagaré lo que me pidas —gritó Thiuli-Kos, casi dando alaridos por  temor a perder tanto dinero por una muerte.

—Le daré un jarabe que le va a curar cualquier cosa —contestó el doctor.

—Sí, sí, dale un jarabe —dijo el anciano Thiuli lloriqueando.

De buen humor, Mustafá se fue a buscar la pócima somnífera y, una vez se la hubo dado al esclavo y le dijo la dosis que debía tomarse la chica, se dirigió a Thiuli, le dijo que debía ir  al lago a recoger unas plantas medicinales y salió rápidamente por la puerta. Al llegar a la orilla del lago, que no estaba muy lejos, se quitó el disfraz y lo tiró al agua, en donde quedó flotando; entonces se escondió entre los matojos y esperó a que oscureciera para meterse en el cementerio, situado al lado del castillo.

Hacía una hora que Mustafá había salido del castillo, cuando llevaron a Thiuli la terrible noticia de que la esclava Fatme estaba muriéndose. Éste mandó a buscar al doctor inmediatamente, pero los que envió no tardaron mucho en regresar solos, y le explicaron que el pobre médico se había caído al agua y se había  ahogado; que habían visto flotar el vestido negro en medio del lago y habían visto aquella imponente barba que de vez en cuando sobresalía por encima de las olas. Cuando Thiuli se convenció de que no había nada más que hacer, lo maldijo, a él y a todos, se tiró de la barba y se golpeó la cabeza contra la pared. Sin embargo, todo aquello era inútil, porque Fatme ya daba el último suspiro en brazos de las otras mujeres.

Cuando le dijeron que estaba muerta, Thiuli ordenó que construyeran un ataúd lo antes posible, porque no le hacia ninguna gracia tener un difunto en casa, y que llevaran el cadáver al cementerio. Los portadores transportaron el ataúd, lo colocaron en su lugar y salieron piernas para qué os quiero, porque habían oído suspiros y gemidos  que salían de su interior.

Mustafá, que se había escondido detrás de la tumba y que era quien había hecho huir de miedo a los portadores, salió de su escondrijo, encendió una lámpara que llevaba para poder hacer lo que debía y, entonces, sacó el recipiente que contenía la poción de despertar y apartó la tapa del ataúd de Fatme. Pero, qué disgusto, la luz de la lámpara iluminó una cara que no le era en absoluto familiar. La muchacha que yacía en el ataúd, no era ni mi hermana ni la Zoraide, sino otra. Le hizo falta un rato largo para resignarse a aquella nueva mala jugada del destino. Después, la rabia se convirtió en pena y puso la poción en los labios de la chica. La muchacha empezó a respirar, abrió los ojos e hizo como si pensase donde se encontraba. Finalmente, recordó lo que había pasado; salió del ataúd y se precipitó a los pies de Mustafá.

—¿Cómo te lo podré agradecer, bondadosa criatura? —dijo gritando— ¡Tú, que me has liberado de este terrible destino!

Mustafá interrumpió aquellas palabras de agradecimiento preguntándole qué había pasado y cómo la había rescatado a ella en vez de a Fatme, su hermana.

—¡Ahora lo entiendo porqué me has salvado, a mí! ¡Ya me parecía extraño! Respondió la chica—. Mira, en aquel castillo me llamaban Fatme. La nota escrita en aquel pedazo de papel y el jarabe de la salvación me lo pasaste a mí.

Mi hermano suplicó a la chica rescatada que le diese noticias de la hermana y de Zoraide y supo que las dos estaban en el castillo, pero que era costumbre de Thiuli poner nombres nuevos a las chicas, y a ellas les había puesto Mirzah y Nurmahal.

Cuando Fatme, la chica rescatada, vio que mi hermano se quedaba tan apesadumbrado por el error que había cometido, le consoló prometiéndole que le diría la forma de salvar a las chicas. Reanimado con esta idea, Mustafá volvió a despabilarse y pidió a la chica le explicase cómo podía hacerlo. Y ella se lo explicó:

—No hace aún cinco meses que soy la esclava de Thiuli, pero desde el primer momento no he pensado más que en escapar. Hacerlo, yo sola, me habría sido muy difícil: en el patio del castillo, habrás visto un pozo, de donde sale agua por diez caños. Estas fuentes me dieron la idea. Recordé haber visto unas fuentes parecidas en casa de mi padre, donde el agua afluye a través de una tubería. Hablando de la fuente con Thiuli y elogiando su suntuosidad, le pregunté quien era el arquitecto “yo mismo la he construido” me respondió “y esto que ves aquí sólo es una pequeña parte, porque el agua viene de un riachuelo que está, como mínimo, a unos  mil pasos de aquí y pasa por una tubería que tiene casi la altura de una persona y, de todo esto, he hecho los planos yo mismo”. Después de oir esta explicación, sólo pensaba en que ojalá tuviera la fuerza de un hombre, aunque sólo fuera por un momento, para poder retirar la piedra que hay al lado de la fuente, entonces podría escaparme donde quisiese. La tubería te la voy a enseñar ahora mismo; por la noche puedes pasar por ella para entrar en el castillo y rescatar a las chicas. Pero te harán falta por lo menos dos hombres para someter a los esclavos que de noche vigilan el serrallo.

Esto fue lo que le dijo aquella chica. Mi hermano, pese a que había perdido las esperanzas por segunda vez, volvió a armarse de coraje para llevar a término el plan de la esclava y la esperanza que, con la ayuda de Alá lo conseguiría. Le prometió que, si le ayudaba a entrar en el castillo, se ocuparía de que pudiese volver a su país. Pero había algo que le preocupaba: dónde encontraría las dos o tres personas de confianza que le hacían falta para esta tarea. Entonces se acordó de la daga de Orbassan, y la promesa que le hizo de ir presto a ayudarle en cualquier momento que lo pudiera necesitar, y salió del cementerio con Fatme para ir a buscar al ladrón.

En la misma ciudad en la que se había disfrazado de médico, se compró un caballo y alquiló una habitación para Fatme en las afueras, con las últimas monedas que le quedaban. Enseguida salió al galope hacia las montañas, donde había encontrado a Orbassan la primera vez. Tardó tres días. Llegó ante una tienda que resultó ser la de Orbassan, el cual le recibió con los brazos abiertos. Le explicó sus intentos fracasados con los que Orbassan se hartó de reír y se reía aún más cuando se lo imaginaba de doctor Xakamankabudibaba. Pero se enfureció enormemente por la traición del Enano y juró que lo colgaría allí donde le encontrase, y con sus propias manos. A mi hermano le prometió que estaría preparado para ayudarle tan pronto se hubiese repuesto del viaje.

Aquella noche Mustafá se quedó otra vez en la tienda de Orbassan para descansar; salieron con la primera luz del día y Orbassan se llevó tres de sus hombres más valientes, bien armados y con buenas monturas. Cabalgaron sin parar y, en sólo dos días, llegaron a la ciudad, en la que Mustafá había dejado a la Fatme que había rescatado. De allí continuaron hasta el bosquecillo, desde donde podían ver de cerca el castillo de Thiuli. Esperaron a que oscureciera. Entonces, dirigidos por Fatme, se deslizaron por el riachuelo, hacia la tubería de la fuente, que encontraron enseguida. Dejaron a Fatme y los caballos con uno de los hombres, y se prepararon para meterse en  la tubería. Una vez preparados, Fatme se lo repitió todo otra vez: que entrarían en el patio del castillo por la fuente, que en las tuberías a derecha e izquierda había dos torres, que en la sexta puerta de la torre de la derecha estaban Fatme y Zoraide vigiladas por dos esclavos negros.

Provistos de armas y herramientas, Mustafá, Orbassan y otros dos hombres se metieron por la tubería; se hundieron en el agua hasta la cintura, con todo, siguieron adelante a buen ritmo. Al cabo de una media hora, llegaron a la fuente y prepararon las herramientas. La pared era gruesa y compacta, pero no aguantó mucho rato la fuerza de los cuatro hombres juntos. En un momento abrieron un agujero lo bastante ancho como para poderse introducir con comodidad. Orbassan se metió el primero y ayudó a los demás y, ya en el patio, escudriñaron la parte del castillo que podían ver, buscando la puerta descrita, pero no se pusieron de acuerdo en cual de ellas era porque, al contar las puertas de derecha a izquierda, vieron una que estaba tapiada y no sabían si Fatme la había contado o se la había saltado. Pero Orbassan no se lo pensó dos veces:

—Mi querida espada abrirá todas las puertas —dijo en voz alta, dirigiéndose a la sexta puerta, y los demás le siguieron.

La abrieron y encontraron seis esclavos negros durmiendo en el suelo; pensando que se habían equivocado, quisieron volverla a cerrar sin hacer ruido pero, justo en aquel momento, alguien se levantó y gritó pidiendo ayuda con una voz que les era familiar. Era el Enano del campamento de Orbassan. Pero antes que los negros se dieran cuenta de lo que pasaba, Orbassan ya había saltado sobre el Enano; le partió la faja en dos trozos; le tapó la boca, y le ató las manos a la espalda. Entonces se volvió hacia los otros esclavos y vio que Mustafá y los otros dos hombres ya habían amordazado a la mitad y estaban a punto de vencer a los restantes. Amenazaron a los esclavos con las espadas y les preguntaron por Nurmahal y Mirzah, y les contestaron que estaban en la sala de al lado. Mustafá entró allí sin pensarlo y encontró a Fatme y Zoraide que se habían despertado con el alboroto de la pelea. Recogieron rápidamente sus joyas y sus vestidos y siguieron a Mustafá; los otros dos ladrones propusieron a Orbassan desvalijar lo que encontrasen, pero él se lo prohibió y les dijo:

—¡Nadie dirá que Orbassan entra de noche en las casas para robar!

Mustafá y las chicas rescatadas entraron rápidamente en la tubería, donde Orbassan les prometió que les seguiría. Cuando ya estaban dentro, Orbassan y uno de los ladrones cogieron al Enano y lo sacaron al patio; le ataron al cuello una soga de seda, que se habían traído con esta intención, y le colgaron de la parte más alta de la fuente. Después de castigar al traidor como se merecía, se metieron en la tubería y siguieron a Mustafá. Las dos muchachas recatadas dieron las gracias a Orbassan con lágrimas en los ojos, pero él las conminó a huir sin entretenerse ni un momento, ya que, estaba seguro, Thiuli-Kos mandaría que los buscaran por todos los rincones.

Al día siguiente, Mustafá y las chicas rescatadas se despidieron de Orbassan con una profunda emoción. De verdad que jamás lo olvidarían. Fatme, la otra esclava, se marchó a Basora, disfrazada, para embarcarse hacia su país.

Después de un corto y agradable viaje, los míos llegaron a casa. Mi pobre padre de poco se muere de la alegría de volverles a ver. Organizó una gran fiesta al día siguiente, en la que tomó parte toda la ciudad y, ante una gran multitud de amigos y parientes, mi hermano pudo explicar la historia y todos, unánimemente, alabaron su gesta y al honorable ladrón.

Cuando mi hermano terminó, mi padre se levantó y le trajo a Zoraide. 

—¡Con este gesto anulo la maldición —dijo jovialmente—, que pende sobre tu cabeza! Tómala como recompensa ganada por haber luchando con esta infatigable perseverancia. ¡Que mi bendición paterna te acompañe, y que a nuestra ciudad nunca le falten hombres que, como tú, sean buenos hermanos, honrados y con talento!

La caravana había cruzado el desierto y los viajeros daban contentos la bienvenida a los verdes prados y a los frondosos árboles, el querido paisaje que tanto habían echado en falta. En un bonito valle había un lugar que escogieron para pasar la noche y, aunque no era demasiado cómodo ni muy fresco, los compañeros de viaje se encontraban más eufóricos que nunca; la sensación de haber superado los peligros y las dificultades que comporta un viaje por el desierto, les había abierto los corazones y había favorecido la alegría de los espíritus.

Muley, el mercader más joven y divertido, cantó y bailó una cómica danza que incluso arrancó una sonrisa del serio griego Zaleukos. Pero no quedó satisfecho con haberlos entretenido haciéndoles jugar y bailar, en cuanto se recuperó de las piruetas, les prometió que les explicaría La historia de Pequeño Muck.


[i] La graduación más alta en el ejército turco.
[ii] Gran almirante.

 

Continuarà...